La custodia de Isabel Vega
Los motores se apagaron uno tras otro a unos cincuenta metros, dejando en el aire un hilo de gasolina y caucho caliente que tardó en rendirse a la bruma. Para ser anarquistas, llegaron con una discreción que parecía aprendida a golpes. Javier González avanzó hacia la coterie con Lucía Valdez al costado, cuero oscuro humedecido por el puerto, la mirada haciendo inventario del desastre ya resuelto. Saludó corto, dejó la disculpa sobre la mesa sin excusas y admitió que llegaban tarde. Lo siguiente le salió con una honestidad seca: estaba impresionado por la rapidez con que el grupo había cerrado el asunto.


No perdió el hilo. Si la Camarilla ya custodiaría al Tzimisce, lo justo —dijo— era que los suyos se encargaran de la vástago del Sabbat. En el mismo gesto, deslizó una oferta de protección para Blanca, por si la noche volvía a morder. Blanca lo agradeció sin florituras; lo tendría en cuenta. Pero antes quería hablar con la coterie. En parte, les debía su no vida, y esa clase de deuda exige palabras antes que pactos.
No hubo fricción por la Lasombra. La coterie asintió: que la custodia fuese de los anarquistas era lo correcto. El asfalto, de pronto silencioso, absorbió la tensión y la hundió en el perímetro oscuro de la escena, donde la ciudad guarda sus problemas hasta el siguiente sobresalto.

La noche ya había cobrado su precio. Demasiadas sacudidas para un solo amanecer que no llegaría. Blanca estaba exhausta, un borde filoso bajo la piel. Elena ofreció un lugar donde pasar la noche: cerrojo, sombra y calma contada. Blanca aceptó sin resistencia. No quedaba nada por disputar; sólo el refugio provisional que los depredadores negocian cuando entienden que, esta vez, sobrevivir significa quedarse quietos.
Noche 8 – 16/11/2024
La historia de Blanca
Al anochecer siguiente, la coterie se deslizó por la puerta trasera del local de Elena, la misma por la que entraban cada día los suministros: cajas, botellas, detergente y metal en el aire, esa logística que hace que un negocio parezca inocente. Detrás de esa piel de rutina, el despacho. Allí estaba Elena con Blanca. La mirada de Blanca recorrió la estancia con una curiosidad tensa, casi incrédula: dinero acumulado en formas discretas —mobiliario sobrio y caro, equipos que no hacen ruido, seguridad que finge no existir—. La ciudad compra silencio así.
El grupo llegó casi al completo. Faltaba Ezequiel. Pasaron diez minutos de espera sostenida hasta que París recibió su mensaje: que no le esperaran, que esta noche iba a hablar “con el rarito”. Nadie comentó nada; la ausencia quedó anotada como se anotan las grietas en un muro: para revisarlas después.
La conversación con Blanca empezó sin filos, con la paciencia de quien extrae información y no sangre. Ella fue entregando nombres y perfiles del grupo del Sabbat mientras la coterie escuchaba sin parpadear.
El rubio y corpulento se llamaba Víctor Kovács; a veces lo apelaban “El Cazador”. Blanca no estaba al cien por cien segura, pero creía que era Brujah.
La delgaducha, con la piel más blanquecina de lo normal, era Erika Cuervo: Malkavian, sin duda.
Isabel Vega, la Lasombra capturada, parecía ser chiquilla de Claudia Herrero.
Y Claudia Herrero era la líder: devoción en el resto, obediencia sin rechistar; a veces la llamaban “su Sacerdote”.


Además, tenían ghouls. En la furgoneta llevaban a tres “cabezapalas”, así los llamaban con desprecio. De refugios diurnos, nada operativo: no repetían lugar y la movían a propósito para que no pudiera ubicar nada. Sobre el motivo del secuestro, Blanca no tenía una respuesta cerrada; sí recordaba a Claudia diciéndole a Isabel que su sangre —la de Blanca— era importante para encontrar al Antiguo.
Preguntaron por su sire. Javier Alcaraz. Murió un año después de Abrazarla. Antes de eso, la dejó a su suerte al ver que era crepuscular.
Sobre Barcelona, Blanca no se escondió: llevaba tres semanas en la ciudad, viviendo en la casa de Luna, la vivienda de su tía —ahora en una residencia—. Con Luna sostenía una relación casi humana, una rutina prestada que finge normalidad. Blanca prepara sangre alquímica y Luna la vende en el Reina de Picas; de compradores, Blanca no sabe nada y no suele entrar en el club. Luna no conoce su verdadera naturaleza —aunque empieza a sospechar—, y esa media verdad, tensada cada noche, amenaza con quebrarse.
Antes de cerrar, Blanca fue exacta: ellos aún tienen su sangre, suficiente para intentar de nuevo el ritual.
Elena dejó caer el reproche con la firmeza justa: estaba rompiendo la Mascarada con su vínculo con Luna y debía cortarlo de raíz o, como mínimo, dejar de mantenerlo de forma tan “humana”. La coterie apuntaló la advertencia con un ancla: le pasó el contacto de Dante Giscombe, líder de una coterie de Sangre débiles. Blanca lo agradeció y aseguró que se pondría en contacto. Después, ofreció lo que tenía: sus habilidades. Si hacía falta, ayudaría.
La noche devolvió el ruido discreto de la maquinaria del local. Detrás, los engranajes más finos —favores, deudas, secretos— siguieron girando, como siempre, fuera de la vista y demasiado cerca del corazón.
Diego Ruiz
Blanca aún agradecía —esa contención que es mitad deuda y mitad pudor— cuando llamaron a la puerta. Uno de los de seguridad de Elena asomó la cabeza: un hombre preguntaba por un DNI falso. Elena apenas alzó la mirada; con un gesto limpio ordenó que lo acompañaran al despacho.
El recién llegado se detuvo en el umbral con el ceño afilado de quien ha aprendido a desconfiar y mandar. Diego Ruiz: colonia barata, gesto duro, la rigidez rancia de los que se sienten dueños del mundo y de los cuerpos. Escaneó al grupo variopinto del interior con una sospecha que era casi desprecio y, desde la puerta, exigió el documento. Quería salir de aquel club cuanto antes.

Elena habló bajo. La Dominación hizo el resto. —Entra.
Diego obedeció a regañadientes, los músculos tensos contra su propia voluntad. El miedo atravesó la garganta y le salió por la boca en aristas: respuestas bruscas, defensivas, esa agresividad corta de quien confunde control con dignidad.
Fueron al grano. Pregunta seca: Gabriel Leclerc.
Diego negó sin pestañear. Mantuvo el gesto hasta que apareció el alter ego: Belle de Nuit. Entonces la cara se torció, un reconocimiento mal disimulado que apestaba a interés indebido. La presión subió un grado, sin levantar la voz. Le retiraron el teléfono y Paris volcó el contenido con una eficacia fría que no pidió permiso: copió toda la información.
La confesión llegó del modo en que ceden los hombres como él: no por convencimiento, por vergüenza. Dijo que sólo quería invitar a una copa a Belle de Nuit, que lo había impresionado. Nada más que contar.
Le devolvieron el móvil. La humillación se le encendió en la piel. Lo arrojó con todas sus fuerzas contra Elena —un gesto inútil, más rabieta que ataque— y se marchó con un portazo que dejó vibrando la madera. En el aire quedó el olor agrio de la rabia y un rastro de soberbia que no necesitaba traducción. La noche, paciente, tomó nota.
Ciudad Maravilla, el corazón de Gabriel
Blanca comentó, que mientras lidiaban con aquel tipo extraño había llamado a Dante: alguien vendría a buscarla. La promesa se cumplió con puntualidad fría. No habían pasado ni unos minutos desde la salida rabiosa de Diego Ruiz cuando Elizabeth Walker cruzó el umbral del club. La coterie descendió con Blanca hasta la sala; allí, Elizabeth dejó que hablara primero el perfume y después la jerarquía. Ventrue, emisaria, cortesía de filo bien guardado: explicó que por su acceso al territorio de la Camarilla era ella quien debía recoger a Blanca y garantizar el tránsito. Luego volverían directamente al club de Elena para presentarla a Dante. Hubo un intercambio breve entre depredadoras que reconocen el brillo de la otra: Elizabeth elogió el lugar con el ojo clínico de una empresaria de éxito; Elena aceptó el cumplido sin bajar la guardia. Blanca se marchó con Elizabeth, dejando tras de sí un hilo de promesas sin firma.

Sabado, la ciudad latía con ritmo contenido. El tráfico era liviano, pero los taxis subían y bajaban cargando jóvenes con hambre de sexo, alcohol y pertenencia. Barcelona sabe cómo abastecer vicios y consuelos. Víctor tomó el volante, y la urbe se abrió ante él como agua oscura: de los barrios altos hasta una zona obrera arrimada al centro comercial de La Maquinista, cruzó arterias y avenidas con la naturalidad del depredador que conoce su coto. Ciudad Maravilla apareció al fin: fachada de ladrillo pintado, un mural que celebraba la diversidad como una bandera encendida, y un neón cursivo diciendo el nombre, Ciudad Maravilla, como si fuera un susurro y una invitación.
Dentro, el color empujaba a la penumbra hacia los rincones. Murales que contaban historias de aceptación, luces de discoteca girando como vigilantes amables, neones geométricos y guirnaldas LED que respiraban al ritmo de una electrónica que se mezclaba sin pudor con himnos del ambiente. Sofás de terciopelo, sillas retro, mesas de madera con cicatrices; en una esquina, un escenario pequeño para drag, karaokes y otras liturgias de afirmación; el bar, de madera oscura, sostenía taburetes en colores vivos. Personal con sonrisa franca; parroquianos LGTBI+ y satélites. Un lugar donde nadie tiene que explicarse. La coterie avanzó entre el neón como si la sala aceptara su sombra sin preguntas.
No habían dado diez pasos cuando Elena, Paris y Roc reconocieron dos rostros del tanatorio: fantasmas de una tarde que aún no cerraba. Se acercaron a uno; “amigos de Gabriel”, dijeron, “estamos investigando por nuestra cuenta; el caso no cuadra”. La que tomó la palabra se presentó como Lucía Fernández, pero pidió que la llamaran Luz: guapa de neón, maquillaje en rosas intensos, pelo a medio camino entre el rosa y el lila que la luz convertía en un trazo líquido.

Las preguntas llegaron con la suavidad útil de quien exprime sin romper. ¿De qué conocía a Gabriel? Desde hacía un par de años. Les señaló el fondo del local: tres salas de ensayo donde los músicos practican; una de ellas, alquilada por Gabriel desde hace más o menos dos años. ¿Podían verla? No tenía la llave. Aparte de Gabriel, sólo una joven muy misteriosa, Niara, podía abrirla. La seguridad era desproporcionada, avisó con un gesto de cejas; forzar aquella puerta podría disparar alarmas. ¿Podía llamarla? Claro. Marcó delante de ellos, y al colgar confirmó que Niara estaría en el local en un rato.
Quince, quizá veinte minutos, se desplegaron en un tiempo de neón y bajos cálidos, bebidas que viajaban de mano en mano y una amabilidad que aquí funcionaba como moneda y como escudo. Entonces entró la figura que parecía escrita para la penumbra: mujer negra, vestida entera de negro, capucha baja, un modo de moverse como el de un gato que ha convertido el laberinto en casa. Les hizo un gesto y los condujo a un rincón más apartado. Al levantar la mirada, lo familiar no fue la mujer sino el sello: rasgos llevados a un extremo grotesco, esa estética de condena que no necesita presentación. Miró a Paris y se permitió una sonrisa mínima: «No esperaba ver a una de las mías por aquí».

Se presentó sin máscara: Niara Kalua, Nosferatu anarquista. Tanteó con dos preguntas que medían temple y propósito, y la coterie respondió lo justo: investigaban la muerte de Gabriel, sin mencionar a L; algunos mantenían un lazo personal con él; estaban seguros de que no se había suicidado. Niara, sin teatro y sin misericordia, les advirtió: detrás de esa puerta había secretos que persiguen durante mucho tiempo. Gabriel traficaba con secretos; su oficio era arrancárselos a poderes de la ciudad que trabajan contra los derechos de los suyos.
Cuando confirmaron que querían entrar, Niara trabajó el cerrojo invisible con una naturalidad que a Paris le resultó dolorosamente conocida: aquella misma mano había encriptado la SIM de Gabriel; lo que protegía la sala era un castillo de protocolos y trampas invisibles. Dentro, el despacho exhalaba obsesión ordenada. Documentos apilados con criterio frío, computadoras encendidas como ojos, discos duros con etiquetas metódicas; las paredes, tapizadas de pizarras blancas donde nombres, fechas y flechas unían a figuras del hampa con otras de la política como si alguien hubiera decidido demostrar que la ciudad es un solo organismo. En el centro, un escritorio grande y muy limpio; detrás, una silla de cuero esperando al ausente. En un rincón, la caja fuerte empotrada —oculta tras un panel falso de madera y una estantería móvil— cerraba el cuadro con promesa de guerra. Niara tecleó un código, ofreció la yema a la cerradura de huella y la puerta se abrió con un clic satisfecho; la dejó abierta para que buscaran.
La anatomía del secreto estaba dispuesta en capas. Bajo el escritorio, un pequeño gabinete de archivos cerrado con llave guardaba conversaciones grabadas, limpiadas con software y ordenadas cronológicamente en discos duros externos etiquetados. En un cajón, también con llave, dormían unas cartas del abuelo de Gabriel: el único gesto personal entre tanta lógica de cuchillo. Bajo una alfombra, un panel daba a un compartimento donde alguien había escondido un documento sobre empresas pantalla; sin saberlo, Gabriel había trazado una línea que rozaba la Camarilla y otros poderes fácticos. Sobre el escritorio, la agenda de fiestas seguía abierta; su última entrada, fechada poco más de dos meses después del día de su muerte, parecía la broma cruel de un calendario que no entiende la palabra fin. Contra la pared, un archivador metálico robusto contenía recortes de prensa, fotos, notas; y en la propia caja fuerte, además de documentos viejos y nuevos, dormían cien mil euros en efectivo, un collar de oro blanco con cinco rubíes y un disco duro cifrado con el audio de la muerte de Alejandro Torres, etiquetado como evidencia crítica y señalado como procedente de una mujer del personal de la casa Torres.
La carpeta susurraba otra cosa más incómoda: la Broker de Secretos era una cara conocida, y muy pocos sabían quién respiraba detrás. Aun así, dos nombres parecían oler la verdad desde lejos: Patricia Álvarez y Pilar Menéndez; su presencia estaba subrayada con ese trazo que anuncia problemas.
El pasado también seguía mordiendo. Carlos “El Silencioso” Méndez, asesino a sueldo, estaba preso gracias a pruebas de Gabriel y había jurado venganza. Lorena “La Viuda Negra” Serrano, estafadora de ricos, conspiraba tras los barrotes para recomponer su telaraña. Raúl “El Riñones” Vargas, traficante de órganos, mantenía contactos fuera, dispuestos a ajustar cuentas. Miguel “El Tecnicista” Álvarez, hacker cazado por Gabriel y Niara, rumiaba revancha entre rejas. Y el inspector Manuel “Manu” Rodríguez, policía corrupto desenmascarado por Gabriel, empezaba a tejer desde prisión una nueva red de favores torcidos.
El presente no ofrecía tregua. El padre Luis Miguel Sánchez había sido trasladado una y otra vez por acusaciones de abuso; ahora en Barcelona, seguía cerca de menores. Joaquín Morales sostenía una red de trata con rutas y contactos cuidadosamente documentados. Pavel Kuznetsov, mafioso ruso, desviaba fondos y sobornaba políticos para blindar su maquinaria de trata, mientras el malestar interno en su propia organización podía costarle la vida. Patricia Álvarez, exespía, arrastraba operaciones ilegales, asesinatos y espionaje industrial. Miquel Moliner, rey de la noche, había sobornado para rescatar licencias baratas de locales clausurados por amenazas mafiosas, expandiendo su imperio con ayuda de políticos y lavadores; en su ficha, una nota en rojo preguntaba: «¿Miquel Moliner tiene tratos con Eduardo Torres?». Diego Pérez mandaba una banda local de drogas, extorsión y encargos de sangre. Tomás Velasco, empresario de tecnología, jugaba a monopolios, evasión fiscal y robo de I+D. Beatriz Fernández, consultora de seguridad, hablaba en claves que olían a la Segunda Inquisición. Héctor Vega, empresario, se movía entre finanzas opacas y acuerdos de penumbra. Y Pilar Menéndez, política de ambición vasta, sostenía su ascenso con sobornos, chantajes y fraudes bien catalogados.
Entre tanta marea de datos, la coterie aisló lo que cortaba de inmediato: que Miquel Moliner mantiene tratos con Eduardo Torres; que Eduardo Torres podría ser el padre de Alejandro Torres, el amigo desaparecido de Gabriel; y que Beatriz Fernández tiene relación con la Segunda Inquisición. Afuera, Ciudad Maravilla seguía latiendo su promesa de refugio; dentro, cada carpeta pesaba como una deuda y cada flecha en las pizarras señalaba, con paciencia cruel, hacia la misma conclusión: en Barcelona, todo está unido por hilos que manchan los dedos. La Mascarada no se quiebra con un grito; se erosiona con confidencias, con nombres mal guardados, con noches como esta. Aquí, ahora, la pregunta no era qué habían encontrado, sino cuánto les perseguiría encontrarlo.
La montaña de papeles, las grabaciones y los hilos de investigación los amarraron a la sala toda la noche. A eso de las seis de la madrugada, cuando el neón parecía cansado y la música se había vuelto puro latido de fondo, Niara cerró el portátil con un clic seco y alzó la vista. Bastó la mirada.
La coterie entendió el punto y salió en silencio del local. Afuera, la ciudad olía a camiones de basura y pan temprano, la hora de los vivos. Cada uno tomó camino a su refugio, y el día pasó sin muchos inconvenientes: persianas abajo, cerrojos, sombra suficiente para pensar —o para no hacerlo. Ciudad Maravilla siguió latiendo a sus espaldas como si nada.