Sesión 9: El teatro del terror

Noche 9 - 17/11/2024

La Luna Roja

En lo profundo del Eixample, donde las calles estrechas se ahogan entre restaurantes caros y clubes discretos, una puerta sin cartel se abre bajo una tenue luz roja. No hay música, solo el murmullo de voces en ruso y el aroma inconfundible de vodka, perfume caro… y sangre derramada no hace mucho.

El cartel inexistente es la primera prueba de exclusividad. La segunda, el portero: un hombre alto, de mandíbula cuadrada, tatuajes visibles que se asoman bajo un abrigo largo y pesado. Su acento delata raíces rusas, y su mirada, acostumbrada a medir el peligro, se detiene unos segundos en el grupo antes de apartarse.

Miguel Ángel le muestra el flyer encontrado en la escena del crimen. El papel, ya algo arrugado, actúa como una llave silenciosa. El portero lo observa con recelo, murmura algo en su lengua natal y, tras unos segundos de deliberación, asiente con desgana. “Pasen. No causen problemas.” La advertencia suena más como una amenaza que una invitación.

El interior del club parece un santuario para los depredadores. Una penumbra densa envuelve la sala principal; solo la barra, iluminada por una luz roja opaca, rompe la oscuridad con un resplandor casi infernal. Las paredes, cubiertas de terciopelo negro, absorben las voces, y el suelo —negro y brillante— refleja la sombra de quienes lo pisan. La música es lenta, casi ritual, una pulsación constante que vibra en los huesos.

Aquí nadie pretende ser lo que no es. Las miradas son duras, evaluadoras. Entre la clientela abundan los acentos del Este: rusos, ucranianos, bielorrusos… hombres y mujeres de rostros tallados por la guerra y la noche. Se respira poder, dinero y miedo, todo a partes iguales.

Los vástagos se mueven entre ellos con discreción, sabiendo que están en terreno ajeno. La lengua dominante los aísla, pero su porte y su autocontrol bastan para mantener las distancias.

Elena, fiel a su talento para la palabra, se acerca a la barra. Su sonrisa, calculadamente amable, rompe la tensión del camarero que la atiende: un joven de rostro pálido y gesto servil que, al principio, se muestra reticente. Sin embargo, tras unos minutos de conversación, el hielo se derrite. Bastan unas pocas frases, y un par de miradas bien medidas, para que él ceda la información que buscaban.

—El Lobo —dice al fin, en un español cargado de acento—. Su nombre es Alexander Volkov. No ha venido esta noche. Elena agradece con una inclinación de cabeza y una propina en efectivo. El grupo comprende que no hay nada más que rascar allí por el momento.

Mientras salen, el aire frío de la calle les golpea con la fuerza de un recordatorio: están jugando en la liga de los depredadores. Apenas han cruzado el umbral cuando el teléfono de Miguel Ángel vibra. En la pantalla, un nombre: Ezequiel.

Su voz al otro lado suena grave, contenida: —He estado interrogando a los dos del Sabbat. Tenemos información. Nos vemos pronto.

El informe de Ezequiel

El grupo se reunió una vez más en Las Llaves de la Diagonal, el elegante refugio que Elena regentaba y que, para ellos, se había convertido en cuartel improvisado. El murmullo constante del local y el brillo del cristal en las copas apenas lograban suavizar la tensión que impregnaba la mesa.

Cuando Ezequiel llegó, su presencia bastó para silenciar cualquier conversación. Su expresión era dura, concentrada, y el leve olor metálico de la sangre reciente aún lo acompañaba. Se sentó con calma y, tras un instante de silencio, comenzó su informe.

Del Tzimisce, dijo, había conseguido extraer algo de información, aunque el proceso no fue sencillo. “No cede al dolor”, explicó con voz áspera. “Con métodos físicos, no hay forma de romperlo.” Aun así, logró obtener algunos fragmentos que podían ser útiles: habló de Claudia, la poderosa Lasombra del grupo del Sabbat, a quien describió como su sacerdotisa, su guía espiritual o de manada. Pero lo más interesante fue otra mención: el prisionero se refirió a la Sangre Débil que habíamos salvado como la brújula. No explicó el motivo ni el significado del término, pero lo pronunció con un respeto inquietante.

Respecto a Isabel Vega, la otra cautiva Lasombra, Ezequiel admitió que el interrogatorio fue poco fructífero. La mujer confirmó apenas lo mismo que su compañero había dicho, sin añadir nada que valiera la pena.

Ezequiel guardó silencio unos segundos más. Luego, con voz más baja, añadió:

—He tenido otra visión.

Sus palabras bastaron para que todos desviaran la mirada hacia él. No era la primera vez que el Malkavian mencionaba una de sus experiencias proféticas, pero cada una dejaba una estela de inquietud.

—Ocurrió mientras tocaba a Isabel Vega —continuó—. Vi una niebla espesa, gris como la ceniza, y en medio de ella… un árbol genealógico. Las ramas se extendían y se entrelazaban, y una de ellas conectaba a Blanca con un nombre antiguo: Guillem de Montcada.

El silencio que siguió fue casi reverencial. Miguel Ángel se recostó ligeramente en su asiento, procesando la información, mientras París y Elena intercambiaban una mirada cargada de significado.

La coincidencia era imposible de ignorar. Si el Tzimisce había llamado a Blanca la brújula, y Ezequiel veía en sus visiones un linaje que la unía a un nombre perdido en la historia, entonces el vínculo era más que simbólico.

Fue París quien lo expresó en voz alta, casi en un murmullo:

—Quizás… su sangre puede señalar algo.

Elena asintió lentamente. El razonamiento cobraba fuerza con cada palabra. Tal vez, mediante un ritual, la sangre de Blanca pudiera guiarles hasta el lugar donde descansaba aquello que los Sabbat buscaban.

Pilar Menendez

Tras repasar las revelaciones de Ezequiel, el grupo coincidió en que el siguiente paso debía llevarlos hasta los Tremere. Si existía alguna respuesta sobre linajes antiguos o rituales de sangre, solo ellos podrían tenerla.

Cuando salieron de Las Llaves de la Diagonal, la noche respiraba un aire frío y pesado, como si la ciudad misma contuviera el aliento. Fue entonces cuando repararon en una limusina negra estacionada frente al club. El motor seguía encendido, y de pronto, la ventanilla trasera comenzó a descender.

En el interior, la penumbra dejó entrever el rostro de una mujer de unos cincuenta años, de facciones firmes y mirada calculadora. Sus labios se curvaron en una sonrisa medida mientras hacía un gesto con la mano, invitándolos a acercarse.

Con voz controlada y elegante, se presentó:

—Pilar Menéndez, consellera d’Economia de la Generalitat de Catalunya.

Retrato de Pilar Menendez
Pilar Menendez

Les propuso entrar en la limusina para discutir “un asunto que podría beneficiarlos a todos”. Pero Elena, desconfiada por naturaleza y siempre dueña de la situación, le sugirió algo distinto: hablar en su despacho privado, dentro del club. “Será más cómodo… y más seguro para todos”, dijo con una sonrisa cortés.

Pilar aceptó.

Ya en el interior del despacho, la atmósfera se tornó íntima. La luz cálida del lugar bañaba las paredes de madera pulida, y el leve murmullo del club quedaba amortiguado por la puerta cerrada. Pilar habló con la frialdad de quien está acostumbrada a negociar bajo presión:

Sabía que Gabriel Leclerc había reunido información comprometedora sobre ella. Dossiers, grabaciones, nombres… secretos que podían arruinar una carrera política y algo más. Explicó que sus contactos —gente que vigilaba el club Ciudad Maravilla— le habían informado de que el grupo había entrado en el despacho de Gabriel. Les pidió, sin rodeos, que destruyeran todo lo que hubieran encontrado.

A cambio, ofrecía lo más valioso que poseía: influencia política, contactos, favores.

Elena la observó en silencio, calibrando sus palabras con precisión quirúrgica. Cuando Pilar terminó de hablar, la Ventrue sonrió con amabilidad y pidió al camarero que trajera dos copas de vino tinto.

Cuando llegó el vino, con su habitual aplomo, se levantó de la silla, rodeó el escritorio y se acercó a la consellera mientras deslizaba unas gotas de su sangre en el interior de una de las copas. Le explicó que podían garantizar su discreción y borrar los rastros de Gabriel, pero que su ayuda debía sellarse con algo más que una promesa. Pilar la observó, sin comprender del todo, hasta que Elena le entregó una copa y le propuso un brindis.

Un instante después, el pacto estaba hecho, la sangre maldita hizo su trabajo.

En cuestión de segundos, el vínculo se forjó: invisible, profundo, absoluto.

Su mirada cambió sutilmente, como si una calma desconocida se hubiera posado sobre ella.

Elena le aseguró que cumplirían su petición, que toda la información sobre Gabriel sería destruida. Pilar, serena y agradecida, prometió ayuda y sus recursos a cambio, cuando le confirmaron la destrucción de toda la información.

Al despedirse, inclinó ligeramente la cabeza, al salir en un gran espejo que Elena tenía cerca de la puerta, Pilar se detuvo y se observó, como extrañada del gesto que acababa de hacer.

Los Tremere

Tras la partida de Pilar Menéndez, el despacho quedó en un silencio espeso, como si las paredes aún procesaran lo que acababa de ocurrir. El grupo se miró en silencio durante unos segundos, compartiendo una misma certeza: acababan de sellar un pacto que podía abrir muchas puertas. Tener a una política de ese nivel bajo la influencia de Elena era más que una ventaja; era una pieza de poder en el tablero.

Abandonaron Las Llaves de la Diagonal con paso decidido. En la acera, Victor, el conductor de Elena, esperaba apoyado discretamente contra el coche. Con la precisión y elegancia habituales, les abrió la puerta sin decir una palabra. El trayecto hasta su destino se desarrolló en silencio, con las luces de Barcelona reflejándose en los cristales, dibujando destellos rojizos que cruzaban los rostros de los vástagos.

La fachada neoclásica de la Biblioteca se alza majestuosa en la oscuridad, como un templo del saber que oculta secretos más antiguos que los libros que protege. El aire aquí huele a papel envejecido y polvo arcano, y las sombras parecen obedecer leyes propias.

Apenas pusieron un pie en el interior, una voz conocida rompió el silencio.

—Vaya, vaya… los hijos del azar vuelven a nuestro territorio. —El tono era cortés, pero cada palabra destilaba una ligera burla.

De entre los pasillos emergió Thaddeus Hargrove, con su habitual elegancia inglesa y esa capacidad inquietante de aparecer siempre sin aviso, como si fuera parte del mobiliario.

Ezequiel lo observó con una mueca de fastidio. La desconfianza entre ambos era evidente; Ezequiel siempre había intuido que tras la impecable fachada del Tremere se ocultaba algo más oscuro.

—Venimos a hablar con Nathaniel —dijo, seco, sin molestarse en adornar sus palabras.

Thaddeus arqueó una ceja.

—¿De nuevo? ¿Tan pronto? —preguntó con fingida curiosidad, intentando sonsacar algo más.

Pero el tono cortante de Ezequiel bastó para detener sus insinuaciones. El inglés, comprendiendo que no sacaría nada útil, se limitó a guiarlos con un gesto hasta el despacho de su superior.

Allí, en la penumbra de una sala cubierta por estanterías infinitas, los esperaba Nathaniel Adeyemi. La tenue luz de las lámparas se reflejaba en la superficie de una gran mesa de piedra que dominaba el centro del lugar.

Retrato de Nathaniel Adeyemi
Nathaniel Adeyemi
Retrato de Thaddeus Hargrove
Thaddeus Hargrove

Sin rodeos, el grupo expuso la información reunida: los hallazgos de Gabriel, las visiones de Ezequiel, y la terrible deducción a la que habían llegado. Blanca, la sangre débil que habían protegido, parecía ser la brújula capaz de guiar al Sabbat hasta un antiguo: Guillem de Montcada.

Por un instante, el rostro de Nathaniel se endureció.

—Eso… no son buenas noticias —dijo con gravedad.

Sus palabras resonaron en el silencio de la biblioteca como una sentencia. Habló entonces de los peligros de una posible reaparición de un antiguo, de cómo ese solo hecho podía alterar el delicado equilibrio político de la ciudad. Un regreso así podría dividir la Camarilla… o desencadenar una guerra. Pero destruirlo también tendría consecuencias. Había Vástagos de mucho peso que no aceptarían semejante profanación.

Finalmente, Nathaniel respiró hondo, como quien asume una carga inevitable.

—Buscaré lo que pueda sobre Guillem de Montcada —prometió—. Y si existe un ritual capaz de usar la sangre de un vástago para encontrar a su antepasado, lo descubriré.

El grupo asintió en silencio y salieron de la sala cuidadosamente.

¿Quién es Alexander Volkov?

Tras alejarse unas calles del territorio Tremere, Miguel Ángel tomó su teléfono y marcó un número conocido. La voz al otro lado respondió con tono firme y profesional: Amira Al-Nasir, la Sheriff de Barcelona. Sin rodeos, Miguel le pidió una reunión urgente. Había asuntos que no podían esperar.

Amira aceptó sin vacilación.

—Hotel Delirio. En Les Corts. Venid cuanto antes.

El Hotel Delirio es una joya discreta en el corazón de Les Corts, una fachada de cristal y mármol que oculta tras sus puertas una atmósfera de lujo silencioso. A esas horas, el vestíbulo está desierto; solo el sonido lejano de un ascensor rompe el aire inmóvil.

En el parking subterráneo los esperaba Amira, vestida con su habitual atuendo funcional: chaqueta de cuero oscuro, pantalones ajustados y esa expresión que nunca revelaba más de lo necesario. Les hizo un gesto para que la siguieran.

Retrato de Amira Al-Nasir
Amira Al-Nasir

Atravesaron pasillos desnudos y silenciosos, iluminados por luces frías que lanzaban sombras alargadas sobre las paredes. Finalmente, entraron en una sala pequeña, sin ventanas, donde el silencio tenía peso propio.

Miguel Ángel fue directo al grano.

—Necesitamos saber quién es Alexander Volkov.

Amira no mostró sorpresa. Sus ojos recorrieron brevemente los rostros del grupo antes de asentir con calma.

—Volkov es parte de una de las coteries independientes de la ciudad. Un tipo reservado, de pocas palabras y menos amigos. No se mete con la Camarilla, y la Camarilla no se mete con él. Si queréis saber más, habláis con su líder: Elaia Kerejazu. Ella puede poneros en contacto. —Su tono se volvió más bajo, casi un aviso—. Pero id con cuidado. Volkov no es alguien que reciba visitas con agrado.

Con la información en mano, el grupo abandonó el hotel y subió al coche conducido por Víctor. El silencio reinó durante unos segundos, roto únicamente por el sonido del motor y el rumor lejano del tráfico nocturno. Miguel Ángel tomó nuevamente el teléfono, esta vez para llamar a Elaia.

La voz de la Lasombra sonó serena, pero firme:

—Nos vemos en la plaza de John Lenon. Hay una plaza tranquila.

Elaia los esperaba sentada en un banco, con una chaqueta de cuero y el cabello suelto. Su mirada, como siempre, era difícil de leer.

Retrato de Elaia Kerejazu
Elaia Kerejazu

Elena tomó la palabra, explicando que necesitaban hablar con Alexander Volkov. Que no buscaban conflicto, solo respuestas sobre una investigación en curso.

Elaia los escuchó en silencio, sin interrumpir. Cuando Elena terminó, la Gangrel cruzó los brazos y asintió con lentitud.

—No puedo prometeros nada. Volkov no es sociable… pero le haré llegar el mensaje. Si accede, os lo haré saber.

El grupo agradeció su ayuda.

La noche, cansada y espesa, los envolvió de nuevo mientras regresaban al coche.

De camino al club decidieron que lo mejor sería mantener informados a todas las partes sobre los hallazgos en la investigación del Sabbat, a primera hora de la siguiente noche Miguel Angel informaría a Amira y Roc a los Anarquistas.

Noche 10 - 19/11/2024

El cine Victoria

La llamada llegó poco después del anochecer. Elaia Kerejazu se dirigió directamente a Elena:

—Volkov accedió a veros —dijo con voz serena—. Medianoche. Cine Victoria, en mi territorio. No lleguéis tarde.

El mensaje era claro.

Mientras aguardaban la hora del encuentro, el grupo se dividió.

Miguel Ángel acudió a informar a Amira Al-Nasir, compartiendo los últimos hallazgos: el nombre de Guillem de Montcada, la visión de Ezequiel, y la posibilidad de que la sangre de Blanca actuara como brújula que guiara al Sabbat hasta el descanso del antiguo. La Sheriff escuchó con atención, su rostro pétreo apenas revelando reacción alguna, aunque el leve temblor de su mandíbula delataba preocupación.

Por su parte, Roc se dirigió al Niflheim. Entre el estruendo metálico de la música y el humo denso del bar, encontró a Javier González. Con la misma cautela, le explicó la situación, las visiones y el peligro que se cernía sobre la ciudad. Javier lo escuchó con la gravedad de quien comprende la magnitud de la amenaza, prometiendo informar a la Baronía Anarquista.

En el corazón de Gràcia, el Cine Victoria se alza como un cadáver de otro tiempo. La fachada, cubierta de grafitis y carteles descoloridos, parece un muro de cicatrices urbanas. Sin embargo, a pesar del abandono, hay algo extrañamente cuidado en el lugar: el polvo no cubre el suelo, y las puertas, aunque oxidadas, se abren sin esfuerzo.

Dentro, el aire huele a madera húmeda, a moho y a ecos de aplausos olvidados. La gran sala conserva su estructura: butacas alineadas, una pantalla blanca amarillenta y, frente a ella, un pequeño escenario.

Sentado sobre el borde del escenario, con los pies colgando y el cuerpo recortado por la luz tenue que filtraban los ventanales, estaba Alexander Volkov. Una mole de más de dos metros, brazos como columnas y una presencia que parecía deformar el aire a su alrededor. Su voz, cuando habló, resonó grave y profunda:

—¿Qué puedo hacer por vosotros?

Retrato de Alexander Volkov
Alexander Volkov

El grupo se mantuvo firme, pero el peso de su mirada era difícil de sostener. Habían preparado un plan: Elena y París fingirían una llamada relacionada con la autopsia de Gabriel Leclerc, esperando provocar una reacción. Si Volkov sabía algo, aquella farsa podría delatarlo.

Mientras intercambiaban palabras superficiales, Ezequiel tuvo una nueva visión. Un destello entre la realidad y la oscuridad: un hombre obeso, de rostro endurecido, fumando un puro mientras se acercaba a una discoteca coronada por una gran luna roja.

Entonces comenzó la representación.

El teléfono de Elena sonó, y la Ventrue fingió atender a una de sus ghouls, fingiendo sorpresa y tensión. Después se acercó a París, simulando compartir en voz baja detalles sobre la supuesta segunda autopsia.

Pero el aire cambió.

Los músculos de Volkov se tensaron, y su rostro —antes impasible— se transformó en una máscara de furia. Con un rugido sordo, sus manos se abrieron y de sus dedos brotaron garras de más de quince centímetros, relucientes bajo la tenue luz.

—Basta —gruñó—. Si tenéis algo que decirme, hacedlo ahora. Los juegos se han acabado.

El grupo comprendió su error.

Elena alzó las manos, calmando la tensión, mientras Ezequiel dio un paso adelante y habló con franqueza. Le contaron todo: la investigación, las pistas de Gabriel, las visiones, y cómo habían llegado hasta él siguiendo el rastro de la Luna Roja.

Volkov respiró hondo, conteniendo la ira. Las garras desaparecieron lentamente, y su cuerpo volvió a relajarse.

—¿Todo esto por la muerte de un humano? —dijo al fin, con fría indiferencia—. Hay miles cada noche. Gabriel no era distinto.

Roc sostuvo su mirada, firme.

—Para nosotros, sí lo era.

Hubo un silencio largo antes de que Volkov hablara de nuevo.

—Fui contratado —admitió—. Un mafioso ruso, Pavel Kuznetsov. Solo me dijo que debía eliminar al joven. No pregunté por qué.

Describió al hombre con precisión: corpulento, rostro redondeado, siempre con un puro entre los dedos.

Ezequiel, al escucharlo, comprendió de inmediato. Era el hombre de su visión.

—Pavel trabaja en el mundo de la noche —continuó Volkov—. Tiene garitos, discotecas…

Los vástagos intentaron sonsacarle más: querían saber quién le había ayudado aquella noche. Pero Volkov guardó silencio. Su mirada lo dijo todo: no obtendrían más respuestas.

Se levantó, imponente, y caminó hacia la salida.

—Si seguís por este camino, aseguraos de estar preparados para lo que encontraréis —fue lo último que dijo antes de perderse en la oscuridad del pasillo.

El eco de sus pasos resonó largo rato entre las butacas vacías, mientras el grupo quedaba en silencio, conscientes de que, por fin, tenían un nombre.

La llamada

Volkov apenas había alcanzado los últimos peldaños hacia la salida cuando el silencio del cine fue roto por el sonido vibrante de un teléfono.

Miguel Ángel miró la pantalla: Amira Al-Nasir.

Respondió de inmediato.

—Amira.

La voz al otro lado no era la de siempre. Por primera vez, la Sheriff de Barcelona sonaba alterada, sin su habitual control.

—Tenemos que vernos —dijo, sin preámbulos—. Lo antes posible en el hotel Delirio.

Miguel Ángel frunció el ceño.

—¿Qué ha pasado?

Un breve silencio precedió a la respuesta. Cuando habló, la voz de Amira bajó hasta un susurro cargado de tensión:

—Victor Devereux… no es quien dice ser.

—¿Cómo? —preguntó él, incrédulo.

La respuesta llegó como un golpe seco:

—Su verdadero nombre es Maurice Dufort. Un antiguo miembro del Sabbat en París.

La línea quedó en silencio.

Miguel Ángel bajó lentamente el teléfono, mientras el eco de los pasos de Volkov se perdía en la oscuridad del pasillo.