19/11/10
La verdadera cara de Devereux
El vehículo de la coterie se deslizó por las calles de Barcelona hasta detenerse frente a la entrada del garaje del Hotel Delirio. El lector de matrículas emitió un pitido agudo, reconociendo el coche autorizado, y la pesada puerta metálica comenzó a ascender con un zumbido mecánico. Victor, el leal conductor de Elena, maniobró con la suavidad habitual para adentrarse en las entrañas del edificio, ajeno a que el nombre que compartía con el objetivo de la investigación estaba a punto de convertirse en sinónimo de traición.
El grupo no tardó en reunirse con Amira Al-Nasir en una de las salas privadas, lejos de oídos indiscretos. La atmósfera era densa; Amira no tenía el aspecto de quien trae buenas noticias. —Sentaos. Lo que tengo que contaros cambia todo el tablero de juego —dijo ella con un tono grave, dejando una carpeta sobre la mesa sin abrirla aún.
Sin perder tiempo en preámbulos innecesarios, Amira comenzó a desgranar la información. Explicó cómo, tras la petición de la coterie de investigar a fondo a Victor Devereux y el nombre de “Maurice Dufort”, tuvo que tirar de hilos muy antiguos. “Me puse en contacto con ciertos miembros de la Camarilla de París, eruditos que guardan registros que muchos prefieren olvidar”, relató Amira, paseando la mirada por los rostros de los vástagos.
La historia que le habían contado era tan fascinante como aterradora. Según los registros parisinos, el verdadero Victor Devereux, un vástago del clan Ventrue, encontró la Muerte Definitiva a finales del siglo XIX. —Pero aquí viene la coincidencia que deja de serlo —interrumpió Amira, señalando unos documentos antiguos fotocopiados—. Exactamente en las mismas fechas en las que Devereux murió, desapareció de la faz de la tierra otro vástago: Maurice Dufort.
Amira dejó que la información se asentara antes de continuar. Describió a Dufort no como un simple anarquista, sino como un miembro devoto y extremadamente activo del Sabbat, un cazador cuyo pasatiempo favorito en aquella época era dar caza y diabolizar a miembros de la Camarilla. La conclusión a la que habían llegado era escalofriante en su simplicidad y audacia: “Estamos casi seguros de que Dufort aprovechó el caos de la época para suplantar al Ventrue. Ha estado usando la piel y el nombre de un muerto para ascender entre nosotros”.
El silencio en la sala se hizo pesado. Aunque faltaba una confirmación directa del acusado —algo que probablemente solo obtendrían mediante la violencia o la sangre—, las piezas encajaban con una precisión letal. Victor Devereux no era un simple anciano conservador; era Maurice Dufort, un espía del Sabbat que llevaba más de medio siglo infiltrado en la cúpula de la Camarilla de Barcelona, operando desde las sombras y manipulando la ciudad desde dentro.
La Caída de la Máscara: Revelaciones en la Celda
Antes de descender a las profundidades de la intriga, la coterie intentó jugar la carta política. Contactar con Isadora Blackwood, la Primogénita Ventrue, parecía el paso lógico dada su conexión de clan con el prisionero. Sin embargo, el tono de llamada sonó interminablemente en el vacío; Isadora no respondió. Sin el respaldo oficial, el grupo tuvo que encarar la situación por su cuenta.
Regresaron al almacén, descendiendo a través de la trampilla que ocultaba aquella prisión de oro. En una de las celdas de lujo, ajeno —o fingiendo estarlo— a la tormenta que se avecinaba, se encontraba ‘Devereux’. Un libro de poesía francesa descansaba entre sus manos, una imagen de calma aristocrática que estaba a punto de romperse.
Tras unas breves y frías palabras de cortesía, Miguel Ángel decidió que ya había tenido suficiente teatro. Se plantó frente al cristal y soltó la verdad como un martillazo: —Sabemos todo, “Victor”. Sabemos tu historia en el Sabbat y sabemos tu verdadero nombre. Hola, Maurice Dufort.
El efecto fue inmediato y aterrador. Durante unos segundos, la mirada del Ventrue se perdió en el vacío. Los rasgos amables de Victor se endurecieron, y una pesada máscara pareció caer de su rostro, revelando al depredador que habitaba debajo. Por un instante, el aire se volvió denso, cargado de la amenaza de un veterano de la Espada de Caín. Pero entonces, la tensión estalló en una sonrisa. Una sonrisa genuina, casi de alivio.
Devereux, o Dufort, adoptó una postura más relajada y fue directo al grano: colaboraría, pero el precio era su libertad y el exilio definitivo de Barcelona. El grupo, pragmático pero realista, le dejó claro que no tenían la autoridad para abrir la celda en ese instante, pero le prometieron: “Si nos das lo que necesitamos, haremos todo lo que esté en nuestras manos para convencer al Príncipe”.
Devereux asintió, aceptando la jugada. Para endulzar el trato y asegurarse de que la coterie tuviera una motivación real para liberarlo, puso sobre la mesa una oferta tentadora: “Si salgo de esta, todos mis activos en la ciudad son vuestros. Mis empresas de seguridad, el catering, la red de transportes… Todo. He diversificado mucho mis negocios para ser autosuficiente, y os aseguro que es una fortuna considerable”.
Con el acuerdo tácito en el aire, la información comenzó a fluir. Devereux les explicó la situación logística del Sabbat con frialdad: “Teníamos cinco pisos francos, pero dado que tenéis a miembros de la manada de Claudia, consideradlos quemados. Nadie volverá allí”.
Lo verdaderamente inquietante llegó después. El objetivo del Sabbat no era una simple conquista territorial. Buscaban a Guillem de Montcada. —Un antiguo de la sexta o séptima generación —aclaró Devereux con gravedad—. Lleva siglos en letargo aquí, en la Ciudad Condal. El plan llevaba doce años en marcha, gestándose desde que recuperaron documentos de la destruida Capilla Tremere de Viena que señalaban a Barcelona como la tumba del anciano. Y ahí entraba Blanca. Ella era la brújula; como única descendiente “viva” de Montcada, su sangre resonaba con la del antiguo. La necesitaban para despertarlo o devorarlo.
Elena, atando cabos, mencionó la traición de su propia manada hacia él. Devereux se encogió de hombros, tranquilo. Admitió que se sentía extraño en el Sabbat desde hacía tiempo. “La estructura de la Camarilla… el orden… me han enseñado una cara distinta de la eternidad”, reflexionó en voz alta. “Al final, he descubierto que lo que realmente mueve el mundo no es la ideología, es el dinero”.
Antes de terminar, les dejó una última advertencia sobre su antigua líder. Describió a Claudia no como una fanática, sino como una sacerdotisa de más de doscientos años, una criatura de poder e inteligencia letales. “Para ser del Sabbat, actúa de manera demasiado calmada. Es quirúrgica. No la subestiméis”.
Con la cabeza bullendo de revelaciones y el nombre de Montcada pesando como una losa, el grupo salió de la celda. No había tiempo que perder. Se giraron hacia Amira con una urgencia palpable: —Necesitamos ver al Príncipe. ¿Puedes conseguirnos una reunión con él?
Con aquella pregunta y a la espera de una respuesta por parte de Amira, los vástagos se dirigieron a su lugar de descanso para esperar que el día siguiente pasará en calma.
20/11/10
Las prisas nunca fueron buenas
Con el sol extinguiéndose en el horizonte, la coterie se puso en marcha. El destino era el Ciudad Maravilla, el bar que servía de fachada para el verdadero centro de operaciones de Gabriel LeClerc, el lugar desde donde el difunto traficaba con los secretos más oscuros de Barcelona. El trayecto, sin embargo, se vio interrumpido por la vibración de un teléfono. Miguel Ángel leyó el mensaje de Amira: el Príncipe podía verlos aquella misma noche.
Puesto que el despacho de Gabriel era una pequeña fortaleza digital y física, contactaron a Niara Kalua. La hacker y “guardiana” del castillo les franqueó el paso, recibiéndolos entre servidores zumbantes y pantallas en reposo. El grupo decidió ser honesto, pero cauto; la pusieron al día sobre el asesino, explicándole que ya conocían la identidad del ejecutor, “pero solo era el arma, Niara. Necesitamos tiempo para encontrar la mano que la empuñó antes de hacer público nada”.
Su primera parada en el mar de datos fue Pavel Kuznetsov. La información que Gabriel había recopilado era, como siempre, incriminatoria y precisa. Pavel no era un simple empresario de la noche con un par de clubs de moda; era un problema andante. “Está bajo la lupa de la propia mafia rusa por desviar capitales a sus cuentas privadas”, leyó uno de ellos, desgranando los pecados del ruso: sobornos políticos, trata de blancas y la eliminación sistemática de cualquiera que se volviera ‘molesto’. Un perfil encantador.
Pero el verdadero motivo de la visita era otro, y la tensión en la sala comenzó a aumentar palpable. Tenían que pedir un favor que iba en contra de la naturaleza archivista de Niara. París, carraspeando, sacó el tema: “Necesitamos destruir los documentos relacionados con Pilar Menéndez. Es vital para nosotros que esa información desaparezca”.
Niara dudó. No fue una negativa rotunda, pero sí una pausa cargada de implicaciones. Les explicó que su autonomía ya no era total; el imperio de secretos de Gabriel había sido “heredado” por otro jugador, y ella no podía purgar la base de datos sin autorización. La discusión comenzó a escalar. El grupo insistía, apelando a la seguridad, mientras Niara se mantenía firme en su burocracia: “Tengo que consultarlo. No puedo tomar esa decisión sola”.
Para Miguel Ángel, aquello fue demasiado. La idea de que alguien más tuviera las manos sobre algo que pertenecía a un muerto, sumada a la certeza paranoica de que nunca recibirían ese permiso, hizo saltar la chispa. Aprovechando un instante en el que Niara parecía reflexionar, el Banu Haqin actuó. No hubo debate. Miguel Ángel agarró la carpeta física con los documentos de Pilar y, invocando la fuerza sobrenatural de su sangre, los rompió entre sus manos como si fueran papel de fumar. El sonido del papel rasgándose violentamente llenó el silencio del despacho.
Niara observó la lluvia de confeti con incredulidad. Sus ojos se abrieron de par en par, pasando del shock a una mirada gélida cargada de odio puro. —Largo —susurró, conteniendo una rabia volcánica—. Marchaos de aquí ahora mismo. Mientras el grupo retrocedía, ella lanzó una advertencia que heló el ambiente más que el aire acondicionado de la sala de servidores: “Acabáis de molestar a alguien muy importante. Alguien cuyos ojos en vuestra espalda pesan más que los del propio Príncipe de Barcelona”.
Elena, en un intento reflejo de salvar algo de la situación, se agachó para recoger algunos de los pedazos del suelo. —¡No lo toques! —gritó Niara, golpeándole la mano con sequedad—. Déjalo ahí.
Salieron al exterior del Ciudad Maravilla con el corazón acelerado y Miguel Ángel encabezando la marcha, convertido en una furia silenciosa. Se subieron al coche donde Víctor, ajeno al drama, mantenía el motor en marcha para llevarlos al Hotel Delirio. El trayecto fue tenso, pero apenas diez minutos después, el teléfono de París rompió el silencio. Era un mensaje de Lorenzo Ferrer, su Primogénito: “Os espero en el parking del hotel Delirio. Vuestra cita con F.B. se atrasa”.
El inframundo barcelonés: La Audiencia con Alaric
El aparcamiento del hotel Delirio no ofrecía consuelo alguno, y mucho menos la expresión de Lorenzo Ferrer. El Primogénito Nosferatu los esperaba junto a una furgoneta negra, con el rostro contraído en una mueca de severa desaprobación. Apenas bajaron del coche de Víctor, Lorenzo frenó cualquier intento de saludo protocolario: antes de ver al Príncipe, tenían una cita ineludible con otro vástago.
Miguel Ángel, cuya paciencia ya se había agotado en el despacho de Niara, replicó con brusquedad: —¿Ese vástago es tan importante como para retrasar nuestra audiencia con el Príncipe? No creo que a su majestad le agrade esperar.
Lorenzo clavó sus ojos en el Banu Haqin, frunciendo el ceño con una mezcla de lástima y advertencia. —Joven, hoy descubrirás que hay cosas más temibles que se esconden en las sombras —sentenció con voz cavernosa. Sin más preámbulos, abrió la puerta corredera de la furgoneta, sacó unas bolsas de tela negra y las lanzó hacia ellos. El mensaje era claro: nadie podía saber dónde iban.
Las protestas no se hicieron esperar, pero fueron acalladas rápidamente por la lógica implacable del Nosferatu: “Esto es el protocolo. Vosotros habéis iniciado esto con vuestras acciones, no yo. Así que dejad de quejaros”. A regañadientes, la oscuridad de la tela cubrió sus rostros y el motor rugió.
El trayecto fue un limbo de veinticinco minutos de giros y frenazos. Cuando el vehículo se detuvo, Lorenzo los guio a ciegas hacia el exterior. Caminaron. Cinco minutos después, el aire cambió. Un hedor denso, pútrido, a cloaca y olvido, asaltó sus sentidos agudizados. El olor se intensificó hasta hacerse casi insoportable, para luego descender a un nivel rancio y constante, impregnando la ropa y la piel.
Tras quince minutos de marcha a ciegas por lo que el eco delataba como túneles, se detuvieron. La luz volvió a sus ojos cuando Lorenzo les retiró las capuchas, revelando un escenario digno de una pesadilla cyberpunk.
Se encontraban en una sala abovedada, posiblemente una sección clausurada del metro o una cámara profunda del alcantarillado. Las paredes estaban cubiertas de decenas de pantallas encendidas y marañas de cables que colgaban como lianas tecnológicas. Y en el suelo, sobre los servidores, encima de las terminales y correteando entre los cables, había ratas. Cientos de ellas. Un tapiz vivo de pelaje y chillidos agudos.
Al otro lado del muro de monitores, un vástago los observaba. Acariciaba con dedos largos y huesudos a una rata de ojos rojos posada en su hombro. —Bienvenidos. Soy Alaric —dijo, y su voz resonó con la autoridad de los siglos.
No era un vampiro común. Su piel era blanca como la nieve muerta, su cráneo calvo y sus facciones, grotescamente deformadas por la maldición de su clan, no lograban ocultar una mirada de poder abrumador. La coterie sintió un escalofrío instintivo; estaban ante una criatura antigua, un depredador que hacía parecer a los demás vástagos meros niños. Se presentó como el líder “en las sombras” del clan Nosferatu en Barcelona, un Autarca que operaba bajo sus propias reglas.
Alaric fue directo al motivo de la “invitación”. Lo sucedido en el despacho de Gabriel era una falta grave. —No por la destrucción de los archivos —aclaró, paseando su mirada por el grupo—, sino por las formas. Si hubierais tenido la paciencia necesaria, yo mismo, que heredé esos datos de Niara, os habría dado mi consentimiento. Pero vuestra impaciencia ha cambiado el tablero.
Sus ojos se posaron brevemente en París, con un deje de decepción: “Esperaba que nuestro primer encuentro se diera en mejores condiciones, pero no había manera de cambiar el curso de vuestros actos”.
La coterie aguantó el chaparrón. Miguel Ángel, aunque mantenía el silencio, hervía de furia por dentro, con los músculos tensos bajo la atenta mirada de las ratas. Alaric, ignorando la hostilidad latente, exigió un pago. Habían destruido algo suyo; ahora le debían algo. Información o un favor futuro.
El grupo, consciente de que no estaban en posición de negociar con fuerza, comenzó a ofrecer las perlas de información que habían recolectado. Alaric escuchó impasible, descartando datos menores hasta que mencionaron dos nombres: el nuevo estatus de Víctor Devereux y, sobre todo, el hallazgo sobre Guillem de Montcada y la caza del Sabbat. El Autarca asintió lentamente, procesando el valor estratégico de aquello. —Esto salda parte de la deuda —concedió Alaric, mientras la rata en su hombro olfateaba el aire—. Pero es probable que os pida un favor en algún momento para terminar de equilibrar la balanza.
Antes de despedirlos, Alaric se inclinó levemente hacia delante, y las sombras de la sala parecieron alargarse. —Lo que ha sucedido desde que os pusisteis la capucha hasta que volváis al parking del hotel Delirio… nunca ha sucedido.
Escena 5: El Príncipe y el Precio de las Decisiones
El regreso al Hotel Delirio fue una repetición ceremonial y amarga del viaje de ida: furgoneta, silencio sepulcral y las humillantes capuchas negras. Sin embargo, la atmósfera en el interior del vehículo era irrespirable. Miguel Ángel, ofendido por el trato recibido y la pérdida de tiempo, emanaba una furia fría. Al detenerse el vehículo y recuperar la visión, el Banu Haqin bajó de un salto, ignorando deliberadamente a Lorenzo Ferrer; ni una mirada, ni un gesto de despedida. Su desprecio era un muro de hielo dirigido al Primogénito Nosferatu.
El grupo cruzó el parking y el lobby con paso firme, dirigiéndose directamente a la sala de operaciones donde Amira solía despachar. Encontraron a la Sheriff hablando por teléfono, con el ceño fruncido. Al verlos entrar, colgó abruptamente, cortando la comunicación sin despedirse. —Esperaba que llegarais antes —soltó con un tono seco, cargado de reproche.
Sin darles tiempo a excusarse, les indicó que la siguieran hacia un ascensor de servicio. Allí, Amira deslizó los dedos bajo la botonera habitual, revelando un pequeño teclado oculto. Tras introducir un código rápido, las puertas se cerraron y en el panel se iluminó una letra que la coterie no había visto jamás en el hotel: E.
Las puertas se abrieron revelando una realidad distinta, un mundo aparte de la suciedad de las alcantarillas de Alaric o la funcionalidad táctica de la planta baja. Un suave hilo musical de Jazz flotaba en el aire de una sala de espera elegante, decorada con cuadros que probablemente valían más que el propio edificio. Amira les señaló una mesa libre. —Esperad aquí.
Al sentarse, el grupo notó algo inquietante. No estaban solos; otras mesas estaban ocupadas por grupos que conversaban en susurros. Aguzando el oído, la coterie se percató de una curiosidad: algunos de ellos eran vástagos, sí, pero otros eran claramente mortales. Humanos inmersos en la burocracia nocturna, peones ignorantes del verdadero tablero en el que jugaban.
La espera fue una prueba de paciencia de cuarenta y cinco minutos. Durante ese tiempo, vieron el flujo del poder en movimiento: grupos que entraban a la sala del Príncipe y salían con rostros de alivio o preocupación, y otros nuevos que llegaban a ocupar su lugar. Finalmente, fueron llamados.
Cruzaron la doble puerta y el santuario de Fausto Benevides se desplegó ante ellos. La sala era inmensa, diseñada para intimidar y maravillar a partes iguales. Al fondo, unas gigantescas cristaleras ofrecían una vista panorámica, casi divina, de la noche barcelonesa. Pero lo que guiaba sus pasos era el suelo: formas geométricas en negro y rojo trazaban un camino hacia el interior, patrones que empezaban a trepar por las paredes, mutando sutilmente hacia el blanco y el dorado a medida que ascendían, hasta fundirse con un techo de un blanco puro e inmaculado.
La estancia estaba dividida en zonas de poder. A la izquierda, un semicírculo de butacas y sofás rodeaba una chimenea falsa de diseño exquisito; a la derecha, una mesa de madera maciza con doce sillas esperaba a consejos de guerra. Y al fondo, cerca de las cristaleras, Fausto los aguardaba tras un gran escritorio de madera real.
Amira se mantuvo en un segundo plano, asintiendo levemente mientras la coterie exponía el caso de Victor Devereux. Cuando plantearon la posibilidad de liberarlo a cambio su exilio, el Príncipe los observó con calma analítica. —Tenéis vía libre en esta decisión —respondió Fausto, recostándose levemente—. Este tipo de elecciones son las que debéis tomar para convertiros en buenos miembros de la Camarilla. Recordad: los cazadores tomamos decisiones, las presas las acatan.
Sin embargo, su tono se endureció al añadir la advertencia: “Pero que os quede claro: las consecuencias son vuestras. Si lo liberáis y no sale como esperáis, vuestra posición y estatus estarán en juego”.
El ambiente se tensó aún más cuando Elena sacó a colación el tema de Pilar Menéndez. La expresión de Fausto se agrió visiblemente. Convertir en ghoul a una política de ese nivel no era un asunto trivial; el riesgo para la Mascarada era altísimo. —Entiendo que las prisas y la situación forzaron vuestra mano —concedió el Príncipe con frialdad—, pero que no se vuelva a repetir una acción de tal magnitud sin consultarme a mí o, como mínimo, a un miembro de la Primogenitura.
Para cerrar la audiencia, Fausto tomó una pluma y redactó un salvoconducto oficial sobre su escritorio. Se lo entregó al grupo con una orden simple: “Si finalmente decidís no usarlo, destruidlo”. Tras acompañarlos hasta la puerta, se despidió, dejándolos de nuevo bajo la tutela de la Sheriff.
De vuelta en la oficina de Amira, lejos de la presión del trono, debatieron los pros y los contras. El pragmatismo ganó la partida: liberarían a Devereux. Era la jugada lógica para obtener los recursos prometidos. No obstante, la desconfianza seguía ahí. Acordaron con Amira que un Azote seguiría al Ventrue para confirmar visualmente que abandonaba la ciudad y no se escondía en algún agujero. Amira les entregó las llaves de la celda y comenzó a coordinar el seguimiento.
El siguiente paso requería burocracia. Elena llamó a Maura, su ghoul de confianza, y la citó en el almacén donde tenían retenido a Devereux. Allí, entre las sombras de las celdas de lujo, se prepararon los documentos de cesión. Mientras Maura gestionaba la transferencia masiva de propiedades —la empresa de seguridad, el catering, la logística—, Devereux, sabiéndose libre, les ofreció dos últimas piezas de información vital, un regalo de despedida envenenado.
Primero, les habló de Claudia con gravedad: —Ella hará todo lo que esté en su mano para diabolizar a Guillem de Montcada. No busca solo despertarlo; busca su poder. Estad preparados para lo peor.
Segundo, lanzó un dardo político sobre otro jugador del tablero: —Y tened cuidado con Miquel Moliner. Tiene ansias de convertirse en Príncipe de Barcelona. Creedme, eso no le haría ningún bien a la ciudad… solo a él mismo.
La noche pesaba sobre sus hombros y el amanecer no estaba lejos. Se dirigieron al club de Elena para tomar un respiro, buscando la seguridad de su propio territorio para procesar la ingente cantidad de información recibida.
El club aún tenía actividad, la música y las luces creaban un refugio sensorial. Se sentaron, relajando los músculos por primera vez en horas. Pero la paz en Barcelona es efímera. Roc, cuyos sentidos seguían alerta, captó un movimiento entre la multitud que le heló la sangre. Una figura se desplazaba con una tranquilidad que contrastaba con el caos de la pista de baile. Se dirigía hacia la zona VIP. Roc observó cómo intercambiaba unas rápidas palabras con el miembro de seguridad; una frase, quizás una orden mental, y el guardia se apartó dejándola pasar sin rechistar.
Era Claudia.
La sacerdotisa del Sabbat se detuvo un momento. Sus ojos barrieron la zona hasta que se clavaron en el lugar exacto donde descansaba la coterie. No había miedo en su rostro, ni prisa. Solo les dedicó una mirada profunda y una sonrisa lenta, depredadora, prometiéndoles que la noche acababa de empezar.